Cierra los ojos

El cómo habían llegado hasta las inmediaciones del parque era algo que pocas de las mujeres que formaban la grisácea procesión podían explicar con claridad. Aprovechando la penumbra de una noche nublada y sus ropas estandarizadas, estaban allí, fuera, en un mundo del que habían sido privadas durante largo tiempo, incluso para las que solo llevaban unas semanas desconectadas, ya parecía una eternidad.

Lo que ninguna de ellas podía explicar era porqué se habían mantenido unidas, como si de una manada se tratase. Todas tenían diferentes destinos, pero seguían el mismo camino, sin un líder que las comandase. Las copas de los frondosos árboles ocultaban sus sombras mientras proseguían la silenciosa marcha.

Sara apoyó la mano sobre un gran tronco, tratando de recomponerse. Puede que fuese la única de aquellas mujeres que sintiese la responsabilidad de ponerlas a todas a salvo. Retirando con los dedos de la mano los restos de corteza seca que se le habían quedado pegados en la palma de la mano, suspiró. Las sirenas cada vez más sonoras despertaban en su interior el temor a ser encontrada de nuevo. Y su corazón dio un vuelco al comenzar a distinguir los colores del parque sobre las luces intermitentes rojas y azules. Pronto sería demasiado tarde, pensó, observando a sus compañeras. Ya ninguna tenía las fuerzas para continuar corriendo, siquiera para trazar un plan de huida.

Continúa leyendo la historia de Sara…

 

 

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