Entre los árboles

Hace mucho que no publico un relato, en parte por la falta de tiempo y en parte por la falta de inspiración, pero por aquí os dejo el último de ellos.

Entre los árboles, pudo vislumbrar un horizonte que nunca antes había captado su atención, atravesando el vasto desierto blanco, más allá de donde alcanza la vista, una pequeña cabaña de madera esperaba su regreso. ¿Cómo podía estar tan seguro de ello? No sabría decirlo, y por ello sabía que convencer a sus hermanos para emprender tan largo viaje, no sería fácil. O al menos eso pensaba. Pero mientras se lo explicaba minutos más parte, pudo ver como sus preocupados semblantes se iban transformados en miradas de satisfacción, como si ellos hubiesen visto el mismo espejismo. Aquella noche dieron por terminadas sus tareas previas al invierno, aislaron la roída cabaña de madera para que ningún bicho entrase en su ausencia, y comenzaron el viaje con las primeras luces que se reflejaron en la nieve.

Nunca habían traspasado la última línea de árboles que amurallaba su pequeño hogar de los violentos vientos del desierto, o al menos no recordaban haberlo hecho, pero ninguno volvió la vista atrás cuando el paisaje perdió por completo su color. Desde el cielo se les podía ver a varios kilómetros a la redonda, como tres motas que avanzaban, despacio, pero sin detenerse. Todos vestían ropas de pieles que habían secado después de cazar a algunos ejemplares de una manada de lobos, muchos años atrás. Cargaban pesadas mochilas de cuero, con provisiones y cazuelas metálicas que tintineaban al son de su paso.

Las jornadas se fueron alargando a medida que el bosque se perdía a la vista a sus espaldas. Poco a poco, una sensación de impaciencia se fue apoderando de los tres hermanos, queriendo llegar a su destino, para poder volver a su hogar. No sabían cuánto tiempo les llevaría alcanzar ese destino, pero digamos que, a lo que a su vista podía ser la mitad del camino, una tempestad les sorprendió.

A pesar del frío, el viento y los copos de nieve que se clavaban en su ropa como estacas, los hermanos continuaron la marcha. No tuvieron que temer por la falta de alimento, ya que la carga de sus mochilas había sido cuidadosamente escogida, pero un contratiempo no planeado como este, les dejó sin nada más que las ropas que vestían.

Tras la tempestad, la nieve había crecido hasta sus rodillas, y todavía algunos remolinos blancos serpenteaban a su alrededor. Detrás de sus sombras, una figura armada apareció como si de un fantasma se tratara. El intercambio de palabras fue mínimo, pues la escopeta habló por sí misma. Los hermanos no deseaban ni podían hacer frente a un combate, a pesar de contar con la superioridad numérica. Entregaron los pocos objetos que les quedaban en los bolsillos de sus abultadas ropas y esperaron sentados sobre la nieve hasta que la figura les indicó que se levantaran.

Siguieron las pisadas del extraño a través del blanco paisaje, hasta que poco a poco este empezó a mostrar escarpados montículos grises que sobresalían como estacan por encima de la nieve. Los hermanos se dirigían preocupadas miradas a cada paso, sin saber bien hacia dónde les guiaban sus pasos ni cuando podrían reanudar la marcha hacia el lugar soñado por todos.

El guía no se detuvo al anochecer, sin comer y con el único alimento del agua que rezumaba de sus ropas, los hermanos no fueron testigos del destino en el que la figura detuvo sus pasos. Las luces de la noche iluminaban las copas de los árboles, helados por la ventisca, y una imponente montaña se alzaba sobre ellas, cubriendo por completo la luna.

Los pasos se detuvieron a la par que el viento y, tras la respiración agitada de los tres hermanos, podía escucharse el crepitar de las llamas anarajandas que iluminaban la nieve sin derretirla, a través de los empañados cristales de una ventana. Los hermanos no podían saber que habían llegado a su destino cuando cruzaron la puerta de la cabaña de madera, pero al sentir su calor la palabra hogar cruzó su mente al mismo tiempo.

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Sábanas blancas

Hace mucho que no publico ningún relato, porque no quiero forzar una inspiración inexistente a aparecer. Os dejo un microrrelato que escribí hace tiempo.

En la oscuridad de los sueños no se ven estrellas y el negro horizonte se transforma en un lienzo sin límites que sobrevuela la imaginación. El poder de un deseo, la fuerza de una ilusión, la aspiración de un futuro, todo parece posible hasta que los párpados se alzan. Y aunque el mundo haya renegado de esos momentos, yo los disfruto. He aprendido a valorar lo que los demás desprecian a plena vista. No fue fácil, ni para mí, ni para mi familia, pero así soy. Al igual que mis ancestros, al contrario que mis más cercanos antecesores, yo he conservado el gen durmiente, que obliga a mi cuerpo a arroparse cada noche entre las sábanas de la cama. El día no tiene significado para los que me rodean, sus 24 horas se unen a las siguientes, una y otra vez, una y otra vez, sin descanso. La vida es demasiado corta para detenerse en un sueño. Y yo ahora me pregunto ¿cómo pueden vivir sin dejar a la mente volar? Mientras ellos susurran cómo puedo yo vivir dejando pasar las horas. Insensatos que desprecian lo que temen, de donde proceden, en pro de una artificial evolución, que soy incapaz de defender. Porque para mí una vida no es vida sin sueños, aunque los demás hayan renegado de ellos buscando un aprovechamiento efímero de los días que pasan al mismo ritmo, pero no igual para todos. Nada es igual, ni se parece, cuando tienes el tiempo a tu favor, y dejas la mente fluir con las estrellas y el cielo. Corriendo por todo, para todo, muchos son los conocimientos que se llevan aprendiendo desde el pasado, pero ni uno solo de ellos apareció con prisa, aunque así sea como quieren aprenderlos ahora. Sin detenerse a observar el firmamento que nos vio crecer, y nos recuerda que por mucho que corramos, nuestro destino estará siempre en sus manos. Y así, el resto, se mantienen ignorantes a los placeres reales de la vida, tumbarse a contemplar el cielo, saborear el viento, convertirse en héroes, princesas y villanos con cada atardecer, en el que el sedoso tacto de unas sábanas blancas arropan tu cuerpo, mente y esperanza, dando vida a un nuevo amanecer.